Por Alicia Pomarés

     
La gestión de la emoción colectiva

Uno de los grandes desafíos para RR.HH. es lograr despertar en el personal sentimientos que impulsen a la acción, al cambio y al bien común.

¿Os imagináis una empresa de mediados del siglo 20 preocupándose por la felicidad de sus empleados? ¿Debatiendo en el comité de dirección cómo conseguir arrancar pasión en sus colaboradores, intentando que se ilusionen por sus proyectos, aconsejando aquello de “sé tú mismo, expresa tus emociones”? ¿Os la imagináis planificando una estrategia de gamificación para sus trabajadores con el objetivo de generar compromiso?

Para aquellos comités de dirección su máxima era “al trabajo se viene llorado y motivado; deja tus sentimientos en casa”. ¿Quién era capaz de dejar sus emociones en el cajón de la cómoda y salir de casa sin ellas, como si de la corbata se tratara? Eran tiempos en los que nos adiestraban para que fuéramos fuertes; nos enseñaban que el sentimentalismo era propio de personas débiles, inmaduras, con déficit de autocontrol. En nuestro imaginario colectivo las emociones pertenecían al ámbito de lo femenino. Esa sociedad de las ‘buenas maneras’ y el control social han hecho de nosotros auténticos expertos en las apariencias.

Hemos pasado de la era del racionalismo (siglo 20) a la era de las emociones (siglo 21) casi sin pestañear.

El siglo 20 ha sido el siglo del racionalismo. Se ha creído que las decisiones se tomaban exclusivamente en términos de racionalidad sin que las emociones intervinieran en el proceso. Hasta hace poco tiempo, las emociones quedaban circunscriptas dentro del ámbito de la investigación.

Hacia finales del siglo 20 el Dr. Antonio Damasio propuso un cambio esencial en esta concepción: la cognición y las emociones no sólo están estrechamente entrelazadas, sino que además la emoción es el primer mecanismo para la racionalidad. “Si la integración entre la emoción y la cognición se produce de manera correcta, entonces los sentimientos se encaminan en la dirección adecuada y nos llevan al lugar apropiado para la toma de decisiones racionales, donde podemos dar un buen uso a los instrumentos de la lógica” (Damasio, 2003).


Empresa afectiva - Empresa efectiva

En la era de las emociones va ganando terreno la convicción de que vivir las emociones es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la inteligencia. Hemos aprendido que los sentimientos y emociones son necesarios en nuestras organizaciones; que la transformación cultural, la creatividad, la innovación requieren de altas dosis de emociones.

Las organizaciones, las sociedades, serán innovadoras en la medida en que lo sean las personas que las conforman, y su principal cometido es generar la cultura y condiciones de entorno que favorezcan la creatividad, el riesgo, la cooperación, el trabajo en equipo, es decir, la pasión por crear valor y hacer cosas nuevas. En este nuevo contexto, el aprendizaje y el desarrollo de competencias socio-emocionales pueden contribuir al avance en cada uno de los mencionados niveles, aportando conceptos y herramientas que expandan la dimensión emocional. Las emociones, esas grandes desconocidas, adquieren un papel protagonista en aspectos fundamentales para la innovación, el conocimiento, la toma de decisiones y la gestión del cambio. 

Sabemos que los líderes actuales, los que consiguen transformar organizaciones,  son grandes gestores de emociones capaces de mantener el compromiso de sus empleados. Y lo más importante, que las emociones se contagian –tanto las positivas como las negativas– y que un líder puede conseguir contaminar a toda una empresa con sus emociones negativas o conseguir un clima positivo y productivo, orientado a objetivos. Una organización, como un todo, puede llegar a sentir una emoción determinada en función de las personas que ejercen influencia en ella.

Por eso hemos empezado a preocuparnos por los sentimientos de nuestros empleados, a medir sus sentimientos con herramientas 2.0, como puede ser el análisis semántico de redes sociales, o el check-in de los sentimientos de los empleados para obtener mapas de emociones en el lugar de trabajo, o el termómetro de la felicidad que utilizan en Infojobs, por poner algunos ejemplos. Estamos aprendiendo que expresar nuestras emociones no es tan malo, que no siempre hay que controlarlas, sobre todo si son positivas.


Emoción colectiva

Las empresas son cada vez más sociales, más 2.0. Aumenta el número de empresas que incorporan redes sociales colaborativas. Sabemos que las redes sociales potencian las emociones, los sentimientos, facilitan el contagio a través de los influencers y, por tanto, las empresas son más propensas a conectarse con una emoción determinada. Pero, ¿se puede llegar a conseguir una emoción colectiva, algo así como lo que ocurre en algún partido de fútbol importante, todos apoyando al equipo y al objetivo con pasión?

Igual que ocurre con la inteligencia colectiva, las redes sociales nos pueden ayudar a conseguir una emoción determinada, una organización que sienta en positivo, una organización que utilice sus emociones como motor de acción, de cambio, de innovación. Una emoción que nos lleve a luchar por el bien común.

¿Cómo conseguir una emoción colectiva que implique pasión, ilusión, confianza, generosidad, altruismo, compasión, si todavía en muchas de nuestras grandes y pequeñas organizaciones  reina la ley de la jungla, la ley del más fuerte? Éste será uno de los grandes retos de RRHH de este siglo. Todavía nos queda dar el gran paso y empezar a pensar en términos de economía del bien común para que nuestras empresas y en definitiva nuestra sociedad sean sostenibles y evolucionen. Ya sé que estás pensando que es una utopía pero… “El peligro no está en que apuntamos demasiado alto y fallamos, sino que apuntamos demasiado bajo y acertamos” (Miguel Ángel).

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Edición Nº 14