Por Federico Fros Campelo

     
Negar la realidad…

Un mecanismo ancestral que hoy, fuera del contexto original, puede resultar dañino en el largo plazo. La cuestión es preguntarse: “¿Qué no estoy aceptando”?

¿Alguna vez te costó mucho aceptar una realidad? ¡Apuesto a que sí! A veces es muy difícil digerir una noticia que no nos gusta, o una situación que nos hiere. Así que, tal vez incluso de manera no consciente, nuestra mente recurre a lo que popularmente llamamos un mecanismo de defensa: anestesiamos el dolor dejando de prestarle atención al mundo y haciéndonos un modelo de la realidad que no sea tan duro.

¿Querés saber algo increíble? En ese proceso de autoengaño nuestro cerebro hace intervenir una química bien real, una verdadera anestesia.

Efectivamente, recurre a esas sustancias llamadas endorfinas. ¿Te acordás del popular psicólogo Daniel Goleman? Fue el que en los 90 la pegó con su bestseller Inteligencia Emocional. Bueno, bastante antes, a mediados de la década de los 80, había escrito un libro que trataba justamente de la psicología del autoengaño. Lo que dice Goleman es que el mecanismo funciona así, como te describo a continuación.


El efecto endorfinas

En todo episodio estresante, nuestro cuerpo primero segrega las famosas hormonas del estrés (las catecolaminas y los glucocorticoides) que nos ponen en estado de alerta y nos preparan para la acción física vigorosa. Claro, desde que éramos los homínidos de hace cientos de miles de años siempre nos convino luchar o escapar a los santos piques del ataque de un predador. Pero en ese mismo episodio estresante, unos instantes más tarde nuestro organismo produce endorfinas, digamos ‘de acción retrasada’, como si fueran un medicamento.

¿Para qué? ¿Qué propósito evolutivo puede tener una sustancia que alivia el dolor y nos hace sentir mejor, segregada al ratito nomás de que comience un episodio estresante? Lisa y llanamente, el propósito es quitar la atención de potenciales heridas que hayamos recibido. Capaz que el tigre predador nos arañó la espalda muy profundo, o capaz que mientras corríamos nos clavamos todos los abrojos y ramitas habidos y por haber en nuestro camino. De cualquier manera, en una situación así nada nos convenía quedar ahogados en ese dolor. Por eso el alivio de las endorfinas resultaba esencial.

En un entorno como el que vivimos día a día actualmente, ese mismo mecanismo milenario de dos tiempos funciona cuando el estrés aparece tan sólo por enfrentar una realidad que no nos gusta. La decisión de un amigo que no compartís, el engaño de alguien en quien confiabas, o circunstancias inesperadas… Primero podés sentir angustia, tensionarte, entrar en alerta. Pero al rato, permitís que la endorfina te adormezca, que quite tu foco de los estímulos dolorosos, así seguís adelante.

El mecanismo es útil, por supuesto, siempre y cuando podamos trascenderlo en el mediano plazo y no quedar atrapados en una realidad de mentira autoinventada. Porque si no, a la larga, después se va a hacer más cuesta arriba asimilar la realidad y crear estrategias para superarla. Siempre conviene que te preguntes: ¿Qué es lo que no estoy aceptando?

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Edición Nº 14