Por Josefina Edelstein

     
Cartagena, un viaje en el tiempo

Mezcla de cultura zenú, fortificaciones e Iglesias, una fiesta para el alma.

El Caribe colombiano se ha convertido en los últimos años en un destino apetecido y altamente recomendable para quienes quieren sumergirse en aguas cálidas, cristalinas y repletas de peces, y de paso darse un buen chapuzón de historia americana.

Es que Colombia ofrece en ese sector de su rica geografía, no sólo arenas blancas, mar de ensueño e islas paradisíacas, sino también una perla colonial que se conserva intacta desde el fondo de los siglos: el casco histórico y amurallado de Cartagena de Indias. De hecho bien vale dedicarle dos o tres días a disfrutar sus estrechas y encantadoras callejuelas empedradas, como alguna vez lo hiciera el mismísimo Simón Bolívar.

Fundada en 1533 por Pedro de Heredia, bastó que se convirtiera en un puerto comercial y negrero importante para que atrajera otro tipo de “visitantes” célebres: piratas, bucaneros y corsarios, ingleses y franceses principalmente le pusieron los ojos encima y prácticamente no se los sacaran durante un par de siglos. Su ubicación no le ayudaba demasiado, ya que el Caribe era zona de operaciones de estos depredadores de los mares.

Varias veces la tomaron por asalto y hasta el feroz Francis Drake, se anotó entre sus conquistadores. Una placa indica la casa donde residió transitoriamente hasta que las autoridades de la ciudad le entregaron 107 mil escudos de oro que había reclamado. Mientras tanto, se entretenía quemando propiedades a modo de presión (incendió unas 200 residencias), y cuando se retiró también se llevó las campanas de la ciudad, tal vez para evitar que las usaran para festejar su partida, y los cañones, para asegurarse de que no hubiera “salvas de despedida”.

Hermosa reliquia

La importancia de Cartagena también atrajo a otros habitantes problemáticos: hacia 1610 se instalaron los inquisidores, y levantaron su propia sede, el Palacio de la Inquisición, con sus calabozos y salas e instrumentos de tortura acordes a sus actividades, que incluye una balanza para pesar mujeres acusadas de brujería: si superaban los 60 kilos quedaban virtualmente a salvo ya que se consideraba que no podían levantar vuelo y por lo tanto las acusaciones de que habían sido vistas a bordo de escobas voladoras eran falsas. Dicen los guías que por las noches, entre las paredes del magnífico edificio ya vacío de turistas, retumban los gritos fantasmales de los desdichados que allí sufrieron tormentos (una familia que lo compró a principios del siglo pasado lo abandonó por esta causa).

Cartagena también ofrece a sus actuales y pacíficos visitantes, el Museo del Oro de la cultura zenú. Una espléndida colección de objetos ceremoniales y amuletos dorados que  pertenecían los primitivos habitantes de la región y que atrajo la codicia inicial de Don Pedro de Heredia y sus acompañantes. Por supuesto que están las iglesias, entre ellas, la de San Pedro Claver, que bajo su altar conserva los restos del santo ataviado con sus ropas eclesiásticas.

Están también las fortificaciones, entre ellas la principal: el Castillo San Felipe de Barajas, una de las siete maravillas de Colombia. Es una estructura militar formidable que, sin embargo, fue tomada por asalto por el francés Barón de Pointis en 1697.

Con un pasado tan intenso en lo bélico, no es de extrañar que la ingeniería militar marcara en buena medida la fisonomía de la ciudad. Una muralla imponente rodea el enclave histórico, y fue tan efectiva que no solo la tornó inexpugnable a los ataques por mar, sino que sirvió para mantener las viejas y venerables construcciones al resguardo de la modernidad. De allí que lo que está en su interior se lo conozca también como “El Corralito de Piedra”.

Recorrer este baluarte entre parapetos de piedra y centenarios cañones que apuntan al mar añorando los tiempos de la piratería, inspira la imaginación y obliga a descansos reparadores en bares y restaurantes que abundan entre sus muros.

Música, sabor y fiesta

Las noches son deliciosas en Cartagena, se aplaca la actividad de los insistentes vendedores ambulantes (están por todos lados) y sus monumentos iluminados incitan a caminar y sorprenderse en cada esquina. Si se abre el apetito se puede cenar en restaurantes exquisitamente presentados con mesas al aire libre. O se puede salir de los muros y llegarse hasta la Cocina del Socorro y degustar platos típicos colombianos.

A principios de enero, el casco histórico se transforma en un gran escenario del Festival Internacional de Música Clásica. Y en noviembre se puede participar de las Fiestas Novembrinas, que celebran la Independencia de Cartagena, un momento histórico cargado de dramatismo y tragedia que le valió a la ciudad el apodo de La Heroica. Los festejos exceden las antiguas murallas y se trasladan al barrio contiguo de Getsemaní, con calles desbordadas.

Cartagena ofrece historia, no mar, ni playas. Y un consejo: alojarse en hoteles dentro del casco antiguo facilita su condición de viajero del tiempo.

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Edición Nº 14